lunes, 31 de diciembre de 2012

CURIOSIDADES: EL FUTBOL

Por Eduardo Jimenez
http://aragon365.blogspot.com

HISTORIA DEL FÚTBOL (1)

 Desde la noche de los tiempos el hombre ha pateado objetos esféricos, unas veces la cabeza de un enemigo y otras una pelota con ánimo de entretenerse.
En este relato veréis que la universalidad la alcanzó el pelotón y sus forofos mucho antes de que hubiera cláusulas de rescisión, guerras televisivas o quinielas.
En la isla de Nueva Guinea se encuentran en unas paredes rocosas unos grabados aborígenes de época prehistórica en los que se reproducen escenas de la vida cotidiana, entre ellas hay unas en que se puede ver a unos hombres impulsar un objeto redondo con los pies.
Ya se que es mucho suponer que sea fútbol, también puede ser unos fulanos cabreados dando patadas a una calabaza o una representación de la puesta del sol. ¡¡Quien sabe!!
Antiguo Egipto, hace miles de años  los egipcios practicaban un juego de pelota originario de la ciudad de Tebas, en el que se impulsaba un objeto esférico con los pies. Hay pinturas y grabados que así lo demuestran en un templo tebano dedicado a Amón y vestigios de ese juego en los grabados de varias tumbas en Menfis y Sakkara.
Tampoco esta prueba es definitiva ya que también los egipcios se atribuyen el invento del tenis y de las corridas de toros, lo cual me hace pensar que siempre barren para casa.
Más o menos año en el siglo I antes de Cristo, el escritor chino Li-Ju narra en un texto los encuentros entre chinos y japoneses para realizar un deporte en el que se tenía que dirigir una pelota maciza de cuero y pieles a lo largo de una llanura. No se sabe muy bien cual era el objeto del juego, pero parece ser que ganaba el que más tiempo tuviera la posesión de esa pelota.
En la Grecia clásica había varios juegos en el que un balón era el objeto codiciado, a saber: la Esteromaquia o combate de la pelota (su nombre lo dice todo), el Feninde y el Episkiros.
El Atlético Pericles y el Olímpico de Esparta rivalizaron en Grecia por la supremacía del Feninde (engaño en griego).
Este juego consistía en que un jugador de uno de los equipos lanzaba la pelota y sus compañeros tenían que llevarla sin que tocara el suelo lo más lejos posible, defendiendo el otro equipo e intentado por todos los medios que la pelota cayera al suelo.
Cuando el balón caía al suelo, se intercambian los papeles y el equipo que defendía pasaba a atacar.
El objetivo del juego era engañar al rival sobre la dirección de la pelota, esto justificaría el nombre de este juego y el encuentro era ganado por el equipo que había llevado la pelota más lejos.
Es de suponer que se jugaba en un prado o campo de grandes dimensiones y no se sabe tampoco cuantos jugadores formaban cada equipo.
El Episkiros tiene algo más de parecido al fútbol actual, el campo estaba delimitado por dos líneas y dividido en dos mitades por otra central (tres paralelas), la pelota se colocaba en la línea central y los equipos se precipitaban hacia ella tratando de cogerla y desplazarla con cualquier parte del cuerpo y por todos los medios hasta hacerla llegar más allá de la línea del equipo contrario, esto era un punto o la victoria según se hubiese pactado antes del encuentro.
Este juego se caracterizaba por su especial violencia y llegó a ser muy popular.
Aunque tenían gran cantidad de adeptos, los juegos de pelota nunca fueron considerados en Grecia dignos de ser incluidos en los Juegos Olímpicos ya que eran practicados por las clases bajas y eran de gran rudeza.
Continuara ...
FUENTE http://www.elpollourbano.net

domingo, 30 de diciembre de 2012

HISTORIA: CONSECUENCIAS DEL COMPROMISO DE CASPE

Por Eduardo Jiménez
http://aragon365.blogspot.com



COMPROMISO  DE CASPE Y EL REY FERNADO I DE ARAGÓN
Este trabajo se debe a la Iniciativa del Gobierno de Aragón y los profesores José Ángel Sesma Muñoz, Carlos Laliena Corbera, Cristina Monterde Albiac, recogido en su obra:
“En el sexto centenario de la Concordia de Alcañiz y del Compromiso de Caspe”
Patrocinado por Gobierno de Aragón  Edición “on line”
El sábado 3 de septiembre de 1412, en la Seo de Zaragoza, Fernando I juró ante los estamentos del reino que mantendría y defendería los Fueros, no actuaría contra ningún aragonés sin mandato judicial, conservaría intacta la moneda jaquesa y guardaría la unidad de la Corona de Aragón, tal y como había sido establecido por sus antecesores. A continuación, los eclesiásticos, nobles, caballeros y procuradores de las ciudades le prestaron juramento como su «señor y rey nuestro natural» al que debían «tener fidelidad y observar obediencia». En el transcurso de las siguientes semanas, el monarca juró preservar los Usatges de Cataluña y las Costumbres de Barcelona, y fue, a su vez, reconocido como soberano por los
estamentos del principado. Estas ceremonias están lejos de ser una rutina en la sucesión real y las que describimos aún lo son menos. Nos muestran la voluntad del nuevo soberano de incardinarse en el modelo político que se había forjado en la Corona en los ciento cincuenta años anteriores, un modelo que otorgaba una particular importancia a la representación política de las elites de los estados que configuraban la monarquía y que había conseguido el suficiente consenso cívico para asegurar la supervivencia indemne de la Corona en el transcurso de las crisis bélicas del siglo XIV y, especialmente, de las difíciles circunstancias del Interregno. Sin embargo, Fernando hizo una salvedad en su juramento: no aprobó en principio las concesiones hechas a cargo del patrimonio real en los cincuenta años anteriores. Mostraba con ello su decisión de romper con algunas de las prácticas más nocivas de la dinastía, que habían sido denunciadas repetidamente por las Cortes en tiempos de Juan I y Martín I, en particular la colusión entre el entorno real y ambiciosos hombres de negocios en detrimento de los intereses generales. Es probable, no obstante, que esta voluntad de despegarse de la parte menos edificante de la política tradicional fuera una de las aspiraciones de amplias capas de la sociedad civil que aclamaron sin reticencias a Fernando: un rey fuerte, con ideas claras, capacidad demostrada y, lo que no es menos importante, un elevado sentido del deber en el ejercicio de sus obligaciones. Desde su época de infante en Castilla, Fernando había valorado profundamente la imagen que deseaba transmitir a sus contemporáneos y a la posteridad, una imagen en la
que los valores caballerescos de la fidelidad, la justicia, la contención y austeridad personales se unían a una fuerte creencia en su excepcional destino y el de sus descendientes, todo ello matizado con una cuidada propaganda que incluía la recuperación de la lucha contra el Islam y una particular devoción de la Virgen como complementos esenciales.
Si el juramento supuso el primer hito del reinado, es significativo que Fernando eligiera como segundo acto la investidura de los reinos de Sicilia y Cerdeña, solicitada en Tortosa al papa a Benedicto XIII, a quien reconocía la legitimidad pontificia en este momento. Esta donación como feudo papal de las islas italianas cerraba un siglo de conflictos mediterráneos: lo que un papa había negado a Pedro el Grande en 1283, un papa lo concedía al nuevo monarca. Este gesto llevaba implícito el reconocimiento de que los estados extrapeninsulares de la Corona eran parte decisiva del futuro político que se dibujaba en 1412.
La afirmación dinástica en ambas islas y, apenas una veintena de años después, en Nápoles, de la mano de Alfonso el Magnánimo, hizo que el Mediterráneo occidental se convirtiera en un espacio de dominio hispánico durante varios siglos.
El resto del breve periodo de mandato de Fernando I se consumió en la guerra contra el conde de Urgell, que se negó a acatar el resultado de Caspe y fue derrotado y aprisionado de por vida, en la reforma de las instituciones municipales de Zaragoza, la evaluación de los bienes reales y, finalmente, el matrimonio del heredero, Alfonso, con María de Castilla. Si a estos aspectos añadimos la consolidación de las Diputaciones en Aragón y Cataluña, tenemos no sólo un cuadro razonablemente completo de las decisiones reales, sino, sobre todo, un panorama de las orientaciones que iba a seguir la política de la Corona en los decenios siguientes.
En efecto, una de las líneas directrices de la actuación de la monarquía durante el resto del siglo la constituyó el intento de organizar los gobiernos municipales de forma que se atenuaran los desgarros delos patriciados de las ciudades aragonesas, catalanas y valencianas, sacudidos por feroces luchas de bandos agravadas durante el Interregno, sin ceder un ápice de la autoridad real. La tentativa de recuperar los señoríos, tierras y rentas perdidos durante la tormenta perfecta del siglo XIV, cedidos a cambio de dinero para sostener el esfuerzo militar, fue del mismo modo un componente fundamental de la política dinástica.
Se plasmó en la demanda de dinero a las Cortes para fortalecer el crédito de la monarquía, pero también en el estímulo de un sentimiento general en el cuerpo cívico del reino, fundado en una defensa de los vasallos de señorío y los payeses de «remensa», que forjó una alianza de las clases rurales aragonesas y catalanas con Fernando y sus sucesores, lo que traería graves problemas para la corona en la segunda mitad de la centuria. A diferencia de lo que sucedió en Cataluña, donde la organización definitiva de la Diputación del General o Generalitat no fue suficiente para anudar el buen entendimiento entre Fernando I y los grupos dirigentes del principado, los pasos que en este sentido se dieron en Aragón fueron, probablemente, decisivos en la adhesión de la clase política a reyes de temperamentos tan diversos como Alfonso V o Juan II. Merece la pena detenerse un segundo en valorar la trascendencia de la creación de estas instituciones. Surgidas como la cristalización de un procedimiento frecuente en las reuniones de Cortes, nombrar diputados para negociar acuerdos concretos, las Diputaciones adquieren a principios del siglo XV competencias en materia fiscal, de protección de los derechos legales de los súbditos -de ahí el nombre de «General» de Aragón o «Generalitat» de Cataluña, con el sentido de la totalidad de los habitantes, y, por tanto, de representación política en el sentido medieval del término. Es innecesario
subrayar la profunda originalidad de estas instituciones, que comparten el poder político y ejecutivo con los monarcas durante el resto del siglo y solamente se desvirtúan progresivamente en el mundo de los Austrias.
Por último, la decisión de amarrar los lazos con Castilla mediante el matrimonio de su heredero con la hermana del rey Juan II indica una vía por la que transitó la política exterior de la Corona hasta culminar en 1469 con el matrimonio de Isabel y Fernando y la instauración de la monarquía hispánica. Una política que osciló entre la intervención en los asuntos internos castellanos, a través de los famosos «infantes de Aragón», los enfrentamientos armados –más bien en forma de grandes paradas militares que otra cosa– y una interacción económica, social y cultural crecientes que abrieron paso para la unión dinástica del último cuarto del siglo.
Más allá de la apertura de horizontes que se inicia con la resolución de Caspe y hemos intentado reseñar rápidamente, el Compromiso se inscribe en el marco de una cultura política que en modo alguno puede sernos ajena. Repasemos algunos de los aspectos significativos, que se desprenden de los discursos, las cartas y los debates que se cruzaron en los Parlamentos y que encuentran su expresión más sintética en el pergamino que editamos. La idea de que la persona del rey es independiente de la corona, que tiene su propia personalidad jurídica, una corona compuesta por un cuerpo político que integra a todos los ciudadanos y súbditos, que forman una «comunidad política» dotada de derechos, subyace en estas fuentes.
Entre los derechos que asisten legítimamente a la comunidad política del reino figuran la justicia y la ley, que no dependen de la voluntad real, sino que son inherentes a la ley natural que debe regir también a los reyes. Al escudriñar atentamente los derechos de los candidatos al trono para encontrar al rey verdadero -no para elegirlo-, los compromisarios, y con ellos sus electores parlamentarios, estaban defendiendo la resolución de un conflicto fundamental mediante el Derecho, la suma de las leyes por las que se gobernaba esa comunidad política. Lo hicieron mediante la designación de personas que representaban en los Parlamentos al cuerpo cívico de la corona que, a su vez, nombraron a sus propios representantes y les entregaron poderes para completar la investigación que habían iniciado. Esta noción de representación es capital para comprender el alcance del Compromiso. Es cierto que quienes estuvieron en Alcañiz, Tortosa o Traiguera no habían sido elegidos por ningún procedimiento que podamos considerar democrático, pero -y sus discursos lo reiteran hasta la saciedad- compartían la firme creencia de que su legitimidad se basaba en el servicio al bien público, a la «res publica», al «General» del reino, desde una perspectiva en la que la tradición clásica, especialmente Cicerón tenía un considerable peso. Al ajustar su actuación a pautas jurídicas, al establecer los límites de su capacidad de intervenir exclusivamente atender al mejor derecho de los pretendientes, los miembros de los Parlamentos estaban sometiéndose a sí
mismos al imperio de la ley.
En la misma época, la celebración del concilio de Constanza, que perseguía
cerrar el Cisma de la Iglesia mediante procedimientos parecidos, muestra que el Compromiso no fue una rareza y se insertaba en un pensamiento político cada vez más difundido, el que hacía del estado una institución destinada a proteger la paz y la justicia. Por último, la «fraternal unidad» a la que aluden repetidamente los Parlamentos catalán y aragonés en sus cartas mutuas y con relación a los valencianos como un valor esencial recuerda que los pactos que sellaron el Compromiso se gestaron en una atmósfera de violencia latente -y, en ocasiones, abierta- pero siempre con un profundo respeto recíproco entre los dirigentes de ambas instituciones y una generosa voluntad de concordia.
COMPROMISO  DE CASPE Y EL REY FERNADO I DE ARAGÓN
Este trabajo se debe a la Iniciativa del Gobierno de Aragón y los profesores José Ángel Sesma Muñoz, Carlos Laliena Corbera, Cristina Monterde Albiac, recogido en su obra:
“En el sexto centenario de la Concordia de Alcañiz y del Compromiso de Caspe”
Patrocinado por Gobierno de Aragón  Edición “on line”
El sábado 3 de septiembre de 1412, en la Seo de Zaragoza, Fernando I juró ante los estamentos del reino que mantendría y defendería los Fueros, no actuaría contra ningún aragonés sin mandato judicial, conservaría intacta la moneda jaquesa y guardaría la unidad de la Corona de Aragón, tal y como había sido establecido por sus antecesores. A continuación, los eclesiásticos, nobles, caballeros y procuradores de las ciudades le prestaron juramento como su «señor y rey nuestro natural» al que debían «tener fidelidad y observar obediencia». En el transcurso de las siguientes semanas, el monarca juró preservar los Usatges de Cataluña y las Costumbres de Barcelona, y fue, a su vez, reconocido como soberano por los
estamentos del principado. Estas ceremonias están lejos de ser una rutina en la sucesión real y las que describimos aún lo son menos. Nos muestran la voluntad del nuevo soberano de incardinarse en el modelo político que se había forjado en la Corona en los ciento cincuenta años anteriores, un modelo que otorgaba una particular importancia a la representación política de las elites de los estados que configuraban la monarquía y que había conseguido el suficiente consenso cívico para asegurar la supervivencia indemne de la Corona en el transcurso de las crisis bélicas del siglo XIV y, especialmente, de las difíciles circunstancias del Interregno. Sin embargo, Fernando hizo una salvedad en su juramento: no aprobó en principio las concesiones hechas a cargo del patrimonio real en los cincuenta años anteriores. Mostraba con ello su decisión de romper con algunas de las prácticas más nocivas de la dinastía, que habían sido denunciadas repetidamente por las Cortes en tiempos de Juan I y Martín I, en particular la colusión entre el entorno real y ambiciosos hombres de negocios en detrimento de los intereses generales. Es probable, no obstante, que esta voluntad de despegarse de la parte menos edificante de la política tradicional fuera una de las aspiraciones de amplias capas de la sociedad civil que aclamaron sin reticencias a Fernando: un rey fuerte, con ideas claras, capacidad demostrada y, lo que no es menos importante, un elevado sentido del deber en el ejercicio de sus obligaciones. Desde su época de infante en Castilla, Fernando había valorado profundamente la imagen que deseaba transmitir a sus contemporáneos y a la posteridad, una imagen en la
que los valores caballerescos de la fidelidad, la justicia, la contención y austeridad personales se unían a una fuerte creencia en su excepcional destino y el de sus descendientes, todo ello matizado con una cuidada propaganda que incluía la recuperación de la lucha contra el Islam y una particular devoción de la Virgen como complementos esenciales.
Si el juramento supuso el primer hito del reinado, es significativo que Fernando eligiera como segundo acto la investidura de los reinos de Sicilia y Cerdeña, solicitada en Tortosa al papa a Benedicto XIII, a quien reconocía la legitimidad pontificia en este momento. Esta donación como feudo papal de las islas italianas cerraba un siglo de conflictos mediterráneos: lo que un papa había negado a Pedro el Grande en 1283, un papa lo concedía al nuevo monarca. Este gesto llevaba implícito el reconocimiento de que los estados extrapeninsulares de la Corona eran parte decisiva del futuro político que se dibujaba en 1412.
La afirmación dinástica en ambas islas y, apenas una veintena de años después, en Nápoles, de la mano de Alfonso el Magnánimo, hizo que el Mediterráneo occidental se convirtiera en un espacio de dominio hispánico durante varios siglos.
El resto del breve periodo de mandato de Fernando I se consumió en la guerra contra el conde de Urgell, que se negó a acatar el resultado de Caspe y fue derrotado y aprisionado de por vida, en la reforma de las instituciones municipales de Zaragoza, la evaluación de los bienes reales y, finalmente, el matrimonio del heredero, Alfonso, con María de Castilla. Si a estos aspectos añadimos la consolidación de las Diputaciones en Aragón y Cataluña, tenemos no sólo un cuadro razonablemente completo de las decisiones reales, sino, sobre todo, un panorama de las orientaciones que iba a seguir la política de la Corona en los decenios siguientes.
En efecto, una de las líneas directrices de la actuación de la monarquía durante el resto del siglo la constituyó el intento de organizar los gobiernos municipales de forma que se atenuaran los desgarros delos patriciados de las ciudades aragonesas, catalanas y valencianas, sacudidos por feroces luchas de bandos agravadas durante el Interregno, sin ceder un ápice de la autoridad real. La tentativa de recuperar los señoríos, tierras y rentas perdidos durante la tormenta perfecta del siglo XIV, cedidos a cambio de dinero para sostener el esfuerzo militar, fue del mismo modo un componente fundamental de la política dinástica.
Se plasmó en la demanda de dinero a las Cortes para fortalecer el crédito de la monarquía, pero también en el estímulo de un sentimiento general en el cuerpo cívico del reino, fundado en una defensa de los vasallos de señorío y los payeses de «remensa», que forjó una alianza de las clases rurales aragonesas y catalanas con Fernando y sus sucesores, lo que traería graves problemas para la corona en la segunda mitad de la centuria. A diferencia de lo que sucedió en Cataluña, donde la organización definitiva de la Diputación del General o Generalitat no fue suficiente para anudar el buen entendimiento entre Fernando I y los grupos dirigentes del principado, los pasos que en este sentido se dieron en Aragón fueron, probablemente, decisivos en la adhesión de la clase política a reyes de temperamentos tan diversos como Alfonso V o Juan II. Merece la pena detenerse un segundo en valorar la trascendencia de la creación de estas instituciones. Surgidas como la cristalización de un procedimiento frecuente en las reuniones de Cortes, nombrar diputados para negociar acuerdos concretos, las Diputaciones adquieren a principios del siglo XV competencias en materia fiscal, de protección de los derechos legales de los súbditos -de ahí el nombre de «General» de Aragón o «Generalitat» de Cataluña, con el sentido de la totalidad de los habitantes, y, por tanto, de representación política en el sentido medieval del término. Es innecesario
subrayar la profunda originalidad de estas instituciones, que comparten el poder político y ejecutivo con los monarcas durante el resto del siglo y solamente se desvirtúan progresivamente en el mundo de los Austrias.
Por último, la decisión de amarrar los lazos con Castilla mediante el matrimonio de su heredero con la hermana del rey Juan II indica una vía por la que transitó la política exterior de la Corona hasta culminar en 1469 con el matrimonio de Isabel y Fernando y la instauración de la monarquía hispánica. Una política que osciló entre la intervención en los asuntos internos castellanos, a través de los famosos «infantes de Aragón», los enfrentamientos armados –más bien en forma de grandes paradas militares que otra cosa– y una interacción económica, social y cultural crecientes que abrieron paso para la unión dinástica del último cuarto del siglo.
Más allá de la apertura de horizontes que se inicia con la resolución de Caspe y hemos intentado reseñar rápidamente, el Compromiso se inscribe en el marco de una cultura política que en modo alguno puede sernos ajena. Repasemos algunos de los aspectos significativos, que se desprenden de los discursos, las cartas y los debates que se cruzaron en los Parlamentos y que encuentran su expresión más sintética en el pergamino que editamos. La idea de que la persona del rey es independiente de la corona, que tiene su propia personalidad jurídica, una corona compuesta por un cuerpo político que integra a todos los ciudadanos y súbditos, que forman una «comunidad política» dotada de derechos, subyace en estas fuentes.
Entre los derechos que asisten legítimamente a la comunidad política del reino figuran la justicia y la ley, que no dependen de la voluntad real, sino que son inherentes a la ley natural que debe regir también a los reyes. Al escudriñar atentamente los derechos de los candidatos al trono para encontrar al rey verdadero -no para elegirlo-, los compromisarios, y con ellos sus electores parlamentarios, estaban defendiendo la resolución de un conflicto fundamental mediante el Derecho, la suma de las leyes por las que se gobernaba esa comunidad política. Lo hicieron mediante la designación de personas que representaban en los Parlamentos al cuerpo cívico de la corona que, a su vez, nombraron a sus propios representantes y les entregaron poderes para completar la investigación que habían iniciado. Esta noción de representación es capital para comprender el alcance del Compromiso. Es cierto que quienes estuvieron en Alcañiz, Tortosa o Traiguera no habían sido elegidos por ningún procedimiento que podamos considerar democrático, pero -y sus discursos lo reiteran hasta la saciedad- compartían la firme creencia de que su legitimidad se basaba en el servicio al bien público, a la «res publica», al «General» del reino, desde una perspectiva en la que la tradición clásica, especialmente Cicerón tenía un considerable peso. Al ajustar su actuación a pautas jurídicas, al establecer los límites de su capacidad de intervenir exclusivamente atender al mejor derecho de los pretendientes, los miembros de los Parlamentos estaban sometiéndose a sí
mismos al imperio de la ley.
En la misma época, la celebración del concilio de Constanza, que perseguía
cerrar el Cisma de la Iglesia mediante procedimientos parecidos, muestra que el Compromiso no fue una rareza y se insertaba en un pensamiento político cada vez más difundido, el que hacía del estado una institución destinada a proteger la paz y la justicia. Por último, la «fraternal unidad» a la que aluden repetidamente los Parlamentos catalán y aragonés en sus cartas mutuas y con relación a los valencianos como un valor esencial recuerda que los pactos que sellaron el Compromiso se gestaron en una atmósfera de violencia latente -y, en ocasiones, abierta- pero siempre con un profundo respeto recíproco entre los dirigentes de ambas instituciones y una generosa voluntad de concordia.

viernes, 28 de diciembre de 2012

OPINIÓN: LA DIADA CATALANA



Por Eduardo Jiménez Marqués
http://aragon365.blogspot.com
Nacionalismo u Orwell en estado puro
Me da vergüenza como español el que todo un Presidente de CCAA de Cataluña, se ponga al frente de una opción seccesionista, en contra de la legalidad vigente, cuando debería cumplir y hacer cumplir las leyes de la Nación Española.
No piense en el corto plazo y en unas elecciones, piense en el bien de Cataluña.
Desde que el tripartito estuvo en el poder, Cataluña se va empobreciendo cada vez más. Reflexione.
Le recomendará que leyese a Orwell en su obra 1984, para que comprendiese mejor a sus socios de Política.
También recordar la frase que alguien dijo de que: Un político es alguien que crea un problema , donde no existe y luego lo deja sin solucionar y agravado.
Desde que llego al poder el peor Presidente de la Historia de España, a juicio de cada día más españoles, no han hecho otra cosa los “progres” que viven del erario público, que generar problemas donde no los había.
Ahora para que pueda hablar con sus amigos, de aventura de los héroes del Renacimiento Catalán, le voy a hablar de  D. Rafael Casanovas.
La historia es más o menos como sigue:
España de los Austrias entra en decadencia, desmoronándose poco a poco el imperio español.
A la muerte de Felipe IV, le sucede CarlosII “el hechizado”, un hombre enfermo que muere sin descendencia, dejando la Corona de España a Felipe de Anjou, pariente de Luis XIV de Francia.
En 1700 es coronado Felipe V, siendo aceptado pos la totalidad de España, incluidas las Cortes de la Corona de Aragón.
Ingleses y holandeses, trataban de impedir la hegemonía francesa, provocando una guerra en Europa que tendría repercusiones en España.
Estos aliados proponen como rey de España al Archiduque Carlos, (De los Austrias)
El 13 de Octubre el Archiduque Carlos desembarca en Barcelona y se inicia la guerra de SUCESIÓN, que dividió a toda España de forma desigual.
La actual Cataluña era partidaria en su gran mayoría del Archiduque, aunque de forma desigual.
Desde 1707 al 1710 Felipe V obtuvo todas las victoria militares que se libraron en España.
En 1711 muere el emperador José I y el archiduque pasa a ser el Heredero del trono imperial, se podía repetir la alianza Hispano alemana (germánica).
Para los aliados angloholandeses era imperativo concluir el conflicto y evitar esta alianza hispano-germánica.
En septiembre de 1711 el archiduque embarca en Barcelona camino de su nuevo destino.
El 25 de Julio de 1713 las tropas borbónicas de Felipe V inician el asedio de Barcelona.
Rafael Casanova partidario del archiduque fue nombrado el 30 de noviembre “conseller en cap”  de Barcelona.
El 3 de Septiembre el duque de Berwitk, comandante de las fuerzas Borbónicas, propone la rendición de Barcelona. Rafael Casanova pidió un armisticio de doce dias. La propuesta de Casanova fue rechazada y el asedio continuó.
El 11 de Septiembre se produjo el asalto final por parte de las tropas borbónicas.
Casanova apareció en la muralla con el estandarte de Santa Eulalia. Siendo herido en el muslo.
Casanova fue trasladado al colegio de la Merced.
Su familia temiendo por su vida, difundió la noticia de que había muerto combatiendo, trasladándole a una finca familiar en Sant Boi de Llobregat.
Muchos jóvenes autodenominados independentistas, en el siglo XXI, mantienen que murió combatiendo por la independencia de Cataluña, un símbolo mas de la manipulación que de la Historia hacen algunos partidos, para vivir opíparamente de la mentira histórica.
Bueno sigamos con la HISTORIA REAL.
Rafael Casanova fue amnistiado en 1719 y volvió a ejercer la abogacía hasta 1737 en que se retiró.
Estuvo los últimos 10 años de su vida trascurrieron en su San Boi de Llobregat.
El propio Rafael Casanova se asombraría hoy en día, viendo la sarta de mentiras, en las que vive el nacionalismo independentista catalán en torno a su figura.
Conclusión
Rafael Casanova, no fue independentista, simplemente era partidario del archiduque Carlos para Rey de España. 
Tampoco murió el 11 de septiembre, día de La Diada, en la actualidad.
No fue un mártir en una guerra de Secesión en busca de la independencia Catalana, sencillamente fue herido en una guerra de SUCESIÓN, muriendo muchos años después en su casa de San Boi de Llobregat.
Recuerda amigo, los políticos son capaces de falsear la historia con el fin de justificar el presente.
Yo para ellos también soy un charnego a pesar de mis 17 años como profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, lo que ocurre es que yo no he perdido mi identidad de español y aragonés, quizás porque no chupo de la borrega política.
Señores nacionalistas, estudien los archivos históricos y no la manipulación orweliana de los adoradores del ombligo, convertidos en "gurus" del nacionalismo pesetero.
Sea feliz y vosotros mis amigos también